LE PAGUÉ A MI VECINA PARA QUE VIGILARA MI CASA DURANTE TRES MESES
LE PAGUÉ A MI VECINA PARA QUE VIGILARA MI CASA DURANTE TRES MESES
LE PAGUÉ A MI VECINA PARA QUE VIGILARA MI CASA DURANTE TRES MESES… PERO CUANDO REGRESÉ DEL EXTRANJERO, EL TAXISTA SE DETUVO FRENTE A MI DIRECCIÓN Y YO PENSÉ QUE SE HABÍA EQUIVOCADO DE CASA!
Cuando la empresa me confirmó que tendría que pasar tres meses en Chile, lo único que realmente me preocupó fue dejar mi casa sola en Guadalajara.
Tengo treinta y ocho años, vivo sola y mi familia está en otro estado. Por eso recurrí a Teresa, mi vecina de al lado. Tiene cincuenta y seis años, vive prácticamente sola y sus nietos, Mateo y Sofía, suelen visitarla los fines de semana.
Le entregué una copia de mis llaves y acordamos un pago. Solo tenía que revisar puertas y ventanas, recoger cualquier correspondencia y encender algunas luces para que la casa pareciera habitada.
Antes de irme señalé mi pequeño jardín.
—Si puedes echarle agua de vez en cuando, perfecto. Aunque sinceramente ya doy por muertas varias plantas.
Teresa miró mis macetas y negó con la cabeza.
—No están muertas. Están sobreviviendo a usted.
Me fui riéndome.
Tres meses después, el taxi frenó frente a mi casa y tardé unos segundos en bajar.
Había flores junto al portón.
El césped, que antes parecía un mapa lleno de manchas amarillas, estaba completamente verde.
Entré con la maleta todavía en la mano.
Entonces vi el patio.
Habían colocado piedras alrededor de los rosales. Las macetas estaban ordenadas según el sol que recibían. Había plantas nuevas mezcladas con las antiguas y una bugambilia que llevaba dos años sin hacer absolutamente nada tenía pequeños brotes.
Dejé la maleta en la entrada y fui directamente a casa de Teresa.
Abrió la puerta y comenzó a reírse antes de que yo pudiera hablar.
—Ya vio, ¿verdad?
—¿Qué hiciste en mi casa?
—Nada.
Se quedó pensando.
—Bueno… empezamos regando.
Ese “empezamos” resultó esconder tres meses de trabajo.
Una tarde Teresa podó un rosal. Otro día cambió una planta de maceta. Después Mateo encontró unas piedras y decidió hacer un borde. Sofía llevó flores que habían reproducido en casa de su abuela.
Sin proponérselo, los tres convirtieron mi jardín abandonado en su proyecto de fines de semana.
Teresa sacó el teléfono.
Tenía fotografías de todo.
En una aparecía Mateo arrancando maleza. En otra, Sofía estaba arrodillada sembrando flores. Después apareció Teresa con un sombrero enorme, podando bajo el sol.
—¿Cuánto gastaste?
Su sonrisa desapareció.
—Nada que tenga que pagarme.
—Teresa, hay plantas nuevas.
—Muchas son hijas de las mías.
—¿Y las otras?
—Bueno, algunas las compré.