Saqué mi teléfono.
—Dime cuánto.
Me miró como si acabara de insultarla.
—Usted me pagó por cuidar la casa. Nadie me pagó por meterme con sus pobres plantas. Eso lo hice porque quise.
Luego añadió algo que me hizo guardar el teléfono.
Desde que su esposo murió, los fines de semana se le hacían demasiado largos cuando sus nietos no podían visitarla. El jardín le había dado algo que esperar. Y cuando ellos iban, los tres tenían un proyecto juntos.
Antes de regresar a mi casa me entregó una hoja escrita a mano.
No era una factura.
Era una lista.
“Rosales: dos veces por semana.”
“Lavanda: poca agua.”
“Suculentas: NO AHOGARLAS.”
Esa última parte estaba subrayada dos veces.
Ayer Mateo y Sofía llegaron a visitar a su abuela y, antes siquiera de entrar a su casa, se asomaron por mi reja.
—¿Podemos revisar nuestro jardín?
Nuestro.
Les abrí.
Durante media hora me enseñaron qué había plantado cada uno. Finalmente Sofía señaló una pequeña planta junto al muro.
—Esa es de la abuela.
—¿También la sembró ella?
La niña negó con la cabeza.
—No. Esa era de su casa. Era de mi abuelo.
Me quedé callada.
Teresa nunca me había contado eso.
Aquella tarde fui a tocar nuevamente su puerta, esta vez sin dinero.
Llevaba café y un pastel.
Nos sentamos en mi jardín.