Y entendí que durante tres meses yo había pensado que Teresa estaba cuidando algo mío.
Quizá, sin que ninguna de las dos lo supiera, **aquel jardín también estuvo cuidando un poquito de ella.**
PARTE 2
Durante los días siguientes empecé a salir al jardín después del trabajo. Al principio lo hacía con la lista de Teresa en la mano, aterrada de matar en una semana lo que ellos habían cuidado durante tres meses. Ella me observaba desde su ventana y, cuando cometía alguna barbaridad, aparecía junto a la reja. —La lavanda no necesita tanta agua. —Le puse poquito. —Eso no es poquito. Eso es intento de homicidio. Poco a poco nuestras tardes se volvieron costumbre. Algunas veces tomábamos café; otras, Teresa simplemente entraba, revisaba una maceta y regresaba a su casa. Nunca volvió a mencionar el dinero.
La planta que había pertenecido a su esposo era diferente. Teresa casi nunca la tocaba. Un sábado le pregunté cómo se llamaba. —Jazmín —respondió—. Ernesto lo plantó cuando compramos nuestra casa. Después de que murió intenté conservarlo, pero el lugar donde estaba ya casi no recibe sol. —¿Por eso lo trajiste aquí? Teresa tardó en responder. —Pensé que aquí tendría otra oportunidad. No supe si hablaba de la planta.
Dos semanas después escuché voces fuertes en su casa. No presté atención hasta que tocaron mi puerta. Era un hombre de unos treinta años que se presentó como Daniel, su hijo. —¿Usted es Laura? —Sí. Miró hacia el jardín. —Necesito llevarme una planta que pertenece a mi familia. Entendí inmediatamente cuál. —Tendrás que hablar con Teresa. —Ya hablé. Mi mamá está haciendo cosas sin pensar. Quiere vender la casa. Aquello sí me sorprendió.
Esa tarde Teresa llegó furiosa. —Mi hijo no tenía derecho a venir. —¿Vas a vender? Se sentó junto a mí. Durante meses había ocultado que mantener su casa sola empezaba a resultarle demasiado caro. El techo necesitaba reparaciones, debía varios pagos y sus ingresos apenas alcanzaban. Daniel quería que se mudara con él a Aguascalientes. Su hija proponía una residencia pequeña cerca de ella. Teresa no quería ninguna opción. —Treinta años viví ahí —dijo mirando la pared que separaba nuestras casas—. No quiero convertirme en visita en casa de mis hijos.
Entonces entendí por qué había pasado tantas horas en mi jardín mientras yo estaba fuera. No solamente extrañaba a Ernesto. Estaba intentando despedirse de su propia casa sin decírselo a nadie.
—¿Cuánto debes? —pregunté. Teresa endureció el rostro. —No quiero dinero. —No te ofrecí dinero. Pregunté cuánto debes. Me contó lo suficiente para comprender que el problema no era imposible, pero tampoco pequeño. Había una reparación urgente y algunos pagos atrasados. Esa noche recordé algo. Cuando compré mi casa, el agente mencionó que ambas propiedades habían formado parte de un mismo terreno décadas atrás. Mi patio tenía una entrada lateral casi inutilizada y una pequeña construcción al fondo que yo usaba para guardar cajas.
Al día siguiente llamé a una arquitecta conocida. No quería regalarle dinero a Teresa ni convertirla en alguien que me debiera algo. Quería saber si aquella construcción podía convertirse legalmente en un pequeño taller con acceso independiente. Teresa llevaba años haciendo arreglos florales para conocidos. Nunca lo consideró negocio porque trabajaba sobre su mesa de comedor.
La arquitecta visitó el lugar el sábado. Teresa la vio midiendo y cruzó inmediatamente. —¿Qué está haciendo? —Estoy averiguando algo. —Laura… —Todavía nada. Primero necesito saber si es posible.
Sí lo era.
Pero cuando le expliqué mi idea, Teresa no reaccionó como esperaba. —No. —Ni siquiera escuchaste completa. —No necesito que me rescates porque regué tus plantas. —No estoy pagando un jardín. —Entonces, ¿qué haces? Miré el jazmín de Ernesto. —Estoy preguntándote si quieres rentarme ese espacio para trabajar. Muy barato al principio. Si funciona, después hablamos.
Teresa permaneció callada. Finalmente dijo: —Yo no sé manejar un negocio. —Yo sí.
Creí que aquel sería nuestro problema más complicado. Me equivocaba.
Tres días después Daniel regresó. Esta vez llevaba una carpeta. La dejó sobre mi mesa y dijo: —Antes de hacer planes con mi mamá, debería ver esto.
En la primera hoja aparecía la dirección de la casa de Teresa. En la segunda, un documento firmado años atrás por Ernesto. Y cuando llegué a la última página entendí por qué Daniel estaba tan desesperado por vender.
La casa no pertenecía únicamente a Teresa.PARTE 3