La grabación terminó.
Elizabeth me miró.
—¿Sabe dónde está Silver Pines?
Asentí lentamente.
—Sí. Es una antigua finca que pertenecía a mi suegro.
—Entonces tenemos que ir.
PARTE 7: LA CASA QUE NADIE PODÍA RECLAMAR
Silver Pines estaba a unos cuarenta minutos de la cabaña.
Era una propiedad antigua, rodeada de árboles enormes y un pequeño lago.
La casa llevaba años cerrada.
Mi esposo, Richard, había hablado de aquel lugar muchas veces antes de morir. Decía que su padre había comprado aquellas tierras cuando todavía no había carreteras pavimentadas en la zona.
Nunca imaginé que Leo hubiera tenido algo que ver con ellas.
Cuando llegamos, Elizabeth sacó un juego de llaves.
—Su hijo me pidió que las conservara.
La puerta se abrió con dificultad.
El interior estaba cubierto de polvo, pero todo parecía intacto.
Había fotografías antiguas, muebles de madera y una chimenea de piedra.