PARTE 2: “¿Alejandro?” apenas pude decir.

Recordé a la muchacha que había esperado bajo la lluvia en Puebla. A la mujer que había cosido un vestido azul después de trabajar todo el día. A la esposa que había sido enviada a esconderse en una esquina de un salón lleno de personas importantes.

Y comprendí que ninguna de aquellas versiones de mí había sido inútil.

Todas me habían llevado hasta allí.

Unos días después, inauguramos un nuevo taller.

En la entrada colocamos una placa con una frase que yo misma había escrito:

«Ninguna mujer debe hacerse pequeña para que alguien más pueda sentirse grande».

Debajo había una fotografía de mi madre.

Porque si algo había aprendido durante todos aquellos años era que las mujeres no nacemos para ser adornos en la vida de nadie.

Nacemos para vivir, crear, equivocarnos, amar, aprender y volver a empezar.

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