El público comenzó a aplaudir.
—La fundadora y directora de la Fundación Mariana, que este año ha dado oportunidades laborales a más de doscientas mujeres mexicanas.
Subí al escenario.
Alejandro me entregó el micrófono.
Miré a todas aquellas personas.
Y entonces vi algo que me hizo sonreír.
En la última fila había una mujer mayor, con un vestido sencillo y las manos llenas de arrugas.
Era una de las primeras mujeres que habían trabajado conmigo.
Se estaba limpiando las lágrimas.
—Quiero decir algo —comencé—. Hace dos años, en este mismo salón, mi esposo me pidió que me escondiera porque mi vestido parecía barato. Me dijo que no hablara con nadie y que no llamara la atención.
Algunos invitados se miraron sorprendidos.
—Aquella noche pensé que había perdido mi dignidad. Pero estaba equivocada. Mi dignidad nunca estuvo en manos de aquel hombre. Tampoco estaba en el precio de mi vestido.