Me quité la camisa de franela, la doblé cuidadosamente y la dejé sobre mis botas.
Después caminé hacia el centro de la colchoneta.
Blake Haron soltó una carcajada.
—¿De verdad vas a hacerlo, viejo?
No respondí.
A mis cuarenta y dos años, tenía cicatrices que nadie en aquella sala podía ver. Algunas estaban en mi cuerpo. Otras pertenecían a lugares de los que nunca hablaba.
Pero aquella tarde no estaba allí como antiguo miembro de una unidad especial.
Estaba allí como el padre de Evan.
—Solo quiero que entiendas algo —dije tranquilamente—. Enseñar artes marciales no significa tener derecho a humillar a un niño.
Blake sonrió.
—Entonces voy a enseñarte una lección.
Un padre levantó su teléfono.
Otro comenzó a grabar desde las gradas.
Blake se colocó en posición de combate.
Yo permanecí inmóvil.
—¿No vas a levantar las manos? —preguntó burlonamente.