—Y decidiste que yo no era importante.
Bajó la cabeza.
—No pensé que las cosas terminarían así.
—Ese fue precisamente el problema, Ricardo. Nunca pensaste en cómo me afectarían tus decisiones.
Se quedó mirando el suelo.
—¿Alejandro te ayudó a conseguir esto?
—Me ofreció una oportunidad. Yo hice el trabajo.
—Claro. Siempre tuviste suerte.
Sonreí con tristeza.
Incluso entonces seguía sin comprender.
—No, Ricardo. No fue suerte. Fueron doce años de trabajo que tú nunca quisiste reconocer.
Se levantó.
—¿Y eres feliz?
Miré a las mujeres que trabajaban al otro lado del cristal. Una de ellas estaba enseñando a otra a utilizar una máquina nueva.
—Estoy en paz.
Ricardo asintió lentamente.
—Supongo que eso es suficiente.
Se dirigió a la puerta.
Antes de salir, se volvió.
—¿Alguna vez me amaste?
Lo pensé durante varios segundos.
—Sí. Pero aprendí que amar a alguien no significa aceptar que te destruya.