—Me dijiste que solo querías sacar al bebé del camino.
Ximena lo miró con desprecio.
—Siempre fuiste una herramienta, Julián.
La expresión de mi esposo se quebró.
Quizá aquel fue su castigo más cruel.
Descubrir que había hecho conmigo exactamente lo que otra persona llevaba años haciendo con él.
Ximena dio una orden.
—Mátenla.
Nadie disparó.
Esperó.
—He dicho que disparen.
Silencio.
Julián giró hacia los hombres.
—¿Qué hacen?
Uno de ellos avanzó.
Era el comandante del grupo.
Se detuvo frente a mí.
Y bajó su arma.
—Señora Montemayor. Perímetro asegurado.
Los ojos de Ximena se abrieron.
—¿Qué?
Los demás hombres bajaron las armas uno tras otro.
Yo había encontrado aquella red mucho antes de entrar al puerto.
Los supuestos mercenarios pertenecían a una empresa de seguridad subcontratada a través de varias compañías. Una cadena de empresas que terminaba, inevitablemente, bajo control financiero de Altair.