Mi hija de 9 años me llamó desde el hospital y susurró: —Papá… mamá me vio mientras mis tíos me golpeaban. Luego cerró la cortina. Cuando llegué, la familia de mi exesposa ya había dicho a la policía que todo había sido un accidente. No discutí. Esa misma noche recibí un video de un número desconocido. Debajo había un mensaje de una niña de 16 años: —Tu hija no fue la primera.

—¿Quién presentó la denuncia?

El médico bajó la voz.

—Ese es el problema.

La policía municipal recibió una versión donde se asegura que su hija cayó desde una escalera exterior.

Lo miré.

—Mi hija acaba de decirme que la golpearon con una barra.

—Lo sé.

Entonces cerró la puerta.

—Y las lesiones tampoco parecen compatibles con una caída.

Aquello confirmó lo que ya sospechaba.

Los Alcázar habían empezado a trabajar antes de que yo aterrizara.

Durante los siguientes 4 días no me separé de Valeria.

Al cuarto día recibí una llamada.

Era Paulina Alcázar, mi exsuegra.

Contesté y activé la grabación automática que mi abogado me había recomendado instalar años atrás durante el juicio por la custodia.

—Por fin apareciste —dijo Paulina.

No respondí.

—Escúchame bien, Javier.

Su voz tenía esa calma desagradable de quien nunca había tenido que pagar por sus amenazas.

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