Mi hija de 9 años me llamó desde el hospital y susurró: —Papá… mamá me vio mientras mis tíos me golpeaban. Luego cerró la cortina. Cuando llegué, la familia de mi exesposa ya había dicho a la policía que todo había sido un accidente. No discutí. Esa misma noche recibí un video de un número desconocido. Debajo había un mensaje de una niña de 16 años: —Tu hija no fue la primera.

Durante años había aprendido a no reaccionar impulsivamente cuando escuchaba ese apellido.

Los Alcázar eran una de esas familias de Guadalajara que no necesitaban presumir poder porque todo el mundo sabía que lo tenían.

Constructoras.

Transportistas.

Bodegas.

Terrenos.

Préstamos privados.

Amistades con funcionarios.

Fotografías en cenas de beneficencia.

Donaciones a campañas locales.

El padre de Verónica, Arturo Alcázar, tenía suficiente dinero para hacer que muchas personas confundieran obediencia con respeto.

Pero aquella madrugada me importaba una sola cosa.

Mi hija.

—¿Dónde está tu mamá?

Valeria comenzó a llorar.

—Estaba viendo.

Apreté el teléfono.

—¿Viendo qué?

—Me llevaron al garaje porque tiré refresco sobre los zapatos del tío Rodrigo.

Cerré los ojos.

—Sigue hablando conmigo.

—Rodrigo sacó una barra de metal de su camioneta.

Mi garganta se cerró.

—¿Y tu mamá?

Valeria respiró con dificultad.

—Yo gritaba su nombre.

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