Durante años había aprendido a no reaccionar impulsivamente cuando escuchaba ese apellido.
Los Alcázar eran una de esas familias de Guadalajara que no necesitaban presumir poder porque todo el mundo sabía que lo tenían.
Constructoras.
Transportistas.
Bodegas.
Terrenos.
Préstamos privados.
Amistades con funcionarios.
Fotografías en cenas de beneficencia.
Donaciones a campañas locales.
El padre de Verónica, Arturo Alcázar, tenía suficiente dinero para hacer que muchas personas confundieran obediencia con respeto.
Pero aquella madrugada me importaba una sola cosa.
Mi hija.
—¿Dónde está tu mamá?
Valeria comenzó a llorar.
—Estaba viendo.
Apreté el teléfono.
—¿Viendo qué?
—Me llevaron al garaje porque tiré refresco sobre los zapatos del tío Rodrigo.
Cerré los ojos.
—Sigue hablando conmigo.
—Rodrigo sacó una barra de metal de su camioneta.
Mi garganta se cerró.
—¿Y tu mamá?
Valeria respiró con dificultad.
—Yo gritaba su nombre.