Seguí a mi madre una mañana y la vi abrazando a mi exesposa en su puesto de fruta. «Todavía no le digas que vengo», le susurró. Llevábamos 2 años divorciados por unas fotos que parecían demostrar su infidelidad. No dije nada. Días después, encontré unas facturas que me hicieron mirar aquellas fotos de otra manera.

Me escondí detrás de unas cajas de duraznos y miré.

Mi madre estaba abrazándola.

No era un saludo incómodo. La abrazaba con cariño, apretándola como se abraza a alguien de la familia.

“No le digas a Osvaldo que vengo todavía”, dijo mi madre.

Yolanda bajó la voz.

“Ya bastante tuve con que pensara lo peor de mí una vez. No quiero que crea que estoy usando a su madre para acercarme a él.”

Sentí que el estómago se me cerraba.

Entonces vi algo colgado del brazo de Yolanda.

Una canasta de mimbre.

Yo mismo la había mandado hacer en el rancho de mi abuelo poco antes de nuestra boda. Cuando Yolanda abandonó nuestra casa, se llevó muy pocas cosas.

Pero se había llevado aquella canasta.

Y todavía la usaba.

Retrocedí antes de que mi madre pudiera verme y regresé al coche con las manos temblando.

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