Cuando la fila de clientes desapareció por unos minutos, me acerqué a Yolanda y rodeé sus hombros con el brazo.
“¿Todo bien?”, preguntó.
Miré a mi madre hablando con Genaro, las cajas de duraznos apiladas frente a nosotros y aquella vieja canasta que había sobrevivido incluso cuando nosotros no supimos hacerlo.
La acerqué un poco más.
“Mejor que bien.”
Porque aquel mercado me enseñó algo que ninguna sala de juntas había podido enseñarme:
A veces no perdemos a una persona porque nos mintió.
La perdemos porque dejamos que alguien más nos cuente su historia antes de preguntarle a ella cómo ocurrió de verdad.