Seguí a mi madre una mañana y la vi abrazando a mi exesposa en su puesto de fruta. «Todavía no le digas que vengo», le susurró. Llevábamos 2 años divorciados por unas fotos que parecían demostrar su infidelidad. No dije nada. Días después, encontré unas facturas que me hicieron mirar aquellas fotos de otra manera.

Genaro carraspeó desde las cajas.

“Muy bonito todo, pero mañana a las 7 necesito a alguien que descargue duraznos.”

Miró directamente hacia mí.

“Y como el señor quiere pertenecer al mercado…”

Yolanda sonrió.

“Empiezas mañana.”

“¿A las 7?”

“A las 6:30.”

Meses después, un domingo, yo estaba detrás de aquel mismo mostrador con las mangas dobladas, pesando 2 kilos de uvas para una clienta.

Ya todos en el mercado me conocían.

Mi madre llegó después de las 8, caminando directamente hacia Yolanda, sin esconderse detrás de ninguna caja.

“Buenos días, hija. Lo de siempre.”

“Ya se lo aparté.”

La canasta de mimbre seguía colgada del brazo de Yolanda.

Pero ya no había facturas dentro.

Ni fotografías.

Ni secretos.

Solo fruta.

Ese mismo día confirmamos por escrito el nuevo acuerdo del proyecto: ningún comerciante perdería su espacio y nadie sería obligado a mudarse sin las condiciones que ellos mismos habían negociado.

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