—Buenos días, abuela Norma. ¿Cómo amaneció hoy?
Ella solía responder con alguna broma.
—Mucho mejor que tú, jovencito. ¡Y eso que tengo casi sesenta años más\!
Chris se echaba a reír.
Esos pequeños intercambios se convirtieron en una parte fundamental de sus días.
Cuando tenía que salir, se aseguraba de que Norma estuviera acompañada por sus cuidadores. Cuando regresaba, pasaba tiempo con ella, escuchaba sus historias y le contaba lo que había ocurrido durante el día.
A veces veían películas.
Otras veces simplemente se sentaban juntos, compartiendo una conversación tranquila.
Y Hermes siempre encontraba la manera de convertirse en el centro de atención.
Norma había vivido suficientes años para comprender que la felicidad no siempre llega en forma de grandes acontecimientos.
A veces llega en una taza de café.
En una conversación inesperada.