—¿Y ahora?
Miré la mesa.
—Ahora sé que un hogar es un lugar donde puedes sentarte a desayunar sin tener miedo de que alguien te levante la mano.
Nos sentamos y comenzamos a comer.
El café estaba delicioso.
Mi hermana levantó su taza.
—Por empezar de nuevo.
Levanté la mía también.
—Por no volver a confundir el amor con el sufrimiento.
Y brindamos.
# EPÍLOGO: NUNCA VOLVÍ A SENTARME EN AQUELLA MESA COMO ANTES
Un año después, recibí una carta de Rodrigo.
No la esperaba.
Decía que había perdido muchas cosas, que había comenzado un tratamiento para controlar su comportamiento y que finalmente estaba comprendiendo el daño que había causado.
Terminaba con una frase:
«Espero que algún día puedas perdonarme».
Guardé la carta en un cajón.
No sentí la necesidad de responder.
Con el tiempo entendí que perdonar, si alguna vez decidía hacerlo, no significaba regresar, olvidar ni permitir que alguien volviera a lastimarme.