Yo confiaba en ella.
No leí cada página.
Firmé.
Corrí hacia el armario donde guardaba los documentos importantes y encontré una copia.
Al leer el encabezado, sentí un escalofrío.
No era una simple autorización bancaria.
Era un poder notarial que podía concederle amplias facultades para actuar en mi nombre.
Y al final del documento aparecía una segunda persona autorizada.
Diane.
La misma mujer que había aparecido en las cámaras del banco con mi abrigo.
Pero entonces encontré algo todavía más inquietante: una hoja adicional que no recordaba haber visto cuando firmé.
Era una solicitud para que, en determinadas circunstancias, Margaret pudiera gestionar y disponer de mis propiedades.
En ese instante sonó el timbre.
Miré por la ventana.
Era mi nieto Ethan.
Tenía los ojos rojos y sostenía una mochila escolar.
Abrí la puerta.
—Abuela, tengo que contarte algo. Papá me dijo que no te lo dijera, pero escuché a mamá y a la abuela Diane hablando por teléfono.