Amalia me sostuvo del brazo.
—Nada importante, cariño.
Otra vez te está dando uno de tus mareos.
Aparté su mano.
Nora seguía observándome con preocupación.
—Mi abuelo tenía una bolita detrás de la oreja y lo llevaron al doctor —explicó.
Amalia ordenó a Lourdes que sacara a su hija de la habitación.
Pero la empleada permaneció donde estaba.
—Señor, ¿quiere que llamemos a un médico?
Miré a mi prometida.
Después llevé lentamente los dedos hacia mi nuca, sin presionar la protuberancia.
—Quiero saber qué tengo ahí.
—Leandro, ya hemos hablado de esto —intervino Amalia.
—Entonces quiero que me lo explique un médico que no trabaje para ustedes.
El silencio que siguió me inquietó más que el dolor.
Lourdes llevaba 14 meses trabajando en mi casa.
Vivía con Nora en un departamento rentado de una zona modesta de Veracruz y utilizaba el transporte público para llegar.