Desde mi residencia en las afueras de Veracruz podía autorizar movimientos de mercancías por millones de dólares.
Sin embargo, había mañanas en que ni siquiera recordaba una conversación de la noche anterior.
Todo comenzó después de un accidente durante una inspección nocturna en el puerto.
Resbalé sobre una pasarela húmeda, me golpeé la cabeza y sufrí una lesión cervical.
Los médicos me aseguraron que no existían complicaciones graves inmediatas.
Pero los dolores continuaron.
Después llegaron las migrañas, los medicamentos y los episodios de confusión.
Amalia empezó a acompañarme a todas las consultas.
Organizaba mis pastillas, respondía preguntas y corregía mis recuerdos cuando yo parecía equivocarme.
Había terminado aceptándolo porque estaba aterrorizado ante la posibilidad de perder mis facultades mentales.
—¿Qué dijo la niña? —pregunté, intentando recuperar el equilibrio.