Parte 1
Mi hijo llevaba apenas 48 horas viviendo con su mejor amigo cuando regresó a casa llorando.
Cerró la puerta con llave, comprobó que no hubiera nadie más y me dijo algo que todavía recuerdo palabra por palabra:
—Mamá, tengo que confesarte algo.
Pero, por favor, no llames a Ben.
Era jueves por la tarde.
Yo estaba preparando espagueti para la cena cuando escuché que alguien entraba.
Reconocí los pasos de Luke, aunque aquella vez sonaban distintos.
Cuando apareció en la cocina, sentí que se me helaba la sangre.
Tenía 18 años, los ojos hinchados y la cara roja de tanto llorar.
Llevaba puesta una sudadera gris, a pesar del calor de agosto.
—¿Qué pasó, hijo?
Apagué la estufa y acerqué una silla.
—Siéntate.
Cuéntame qué sucede.
Pero no se sentó.
Regresó a la entrada, echó el seguro y comprobó que estuviera bien cerrado.
—¿Estamos solos?