part 2

—¿Mamá está triste?

—No, mi amor. Mamá está pensando.

—Piensa con nosotros —dijo Oliver, muy serio—. Así es más fácil.

Me reí, porque era verdad, y los senté a los dos en mi regazo. Tres años y medio. A esa edad el mundo cabe en una tarde. No sabían el nombre del hombre que se había marchado antes de que ellos tuvieran nombre. Sabían el de Emily, el de la panadera y el de la señora del parque. Con eso les había bastado. Con eso me había bastado a mí también, hasta que la tarjeta crema volvió a abrir una puerta que yo había cerrado con dos vueltas de llave.

Esa noche, cuando se durmieron, saqué la caja del armario. No era grande. Dentro estaban la ecografía que no había vuelto a enseñar, una copia de la sentencia y el vestido que llevé el día que firmé. También estaba el número del abogado de Preston, anotado en un papel amarillo. Lo había llamado. Me habían dicho, con una educación que dolía más que un grito, que el señor no deseaba ningún contacto. Después mi número dejó de existir en su teléfono. Bloqueado. Como si una mujer embarazada de pocas semanas pudiera borrarse con un dedo.

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