Preston se volvió hacia ella.
—El hijo es mío.
—Eso quiero creerlo. Pero me lo dijiste al revés. Me dijiste que Audrey no había podido darte hijos. Me dijiste que tú nunca habías sido padre porque ella no podía. No me dijiste que un papel, en alguna parte, afirmaba que el imposible eras tú.
Cynthia se dejó caer en una silla.
—Vanessa lleva la oficina desde antes de que muriera tu padre. Confío en ella para los papeles. No para esto. Dios mío, Audrey, la carta… yo te habría llamado. Te habría abierto la puerta. No me des ese silencio como si yo lo hubiera elegido.
La miré. Quise seguir enfadada, porque el enfado me había sostenido en los pasillos del hospital cuando nací sola. Pero Cynthia temblaba de verdad. Margaret también. El daño tenía un nombre escrito al margen, y no era el de la mujer que ahora lloraba junto a la ventana.