—Por eso mismo.
Rasgué el sobre. Dentro había una tarjeta crema, de esas que se encargan para las fiestas en las que nadie habla de dinero y todo el mundo lo cuenta. Cynthia me invitaba a la casa de siempre, el sábado a las cuatro, al jardín. Celebraban una noticia. No decía cuál. Al pie, con la misma tinta azul, había añadido una línea: Ven, Audrey. Ha pasado suficiente tiempo.
Emily leyó por encima de mi hombro y soltó el aire.
—Suficiente tiempo para ella. Para ti han sido noches, pediatras y un divorcio firmado con el estómago revuelto.
—No pienso ir a pelearme.
—Tampoco tienes que ir a arrodillarte.
Dejé la tarjeta junto al frutero. Oliver levantó la cabeza. Tenía el cabello castaño de su padre y los ojos míos, aunque yo evitaba decirlo en voz alta. Grace se acercó con una cinta enredada en los dedos.