Abrí el sobre amarillento por última vez como sobre. Dentro seguían la ecografía, la carta que yo había escrito con una letra más joven y la hoja del hospital que Margaret no había destruido. Leí la carta en voz baja, solo el principio, porque el resto ya lo sabíamos todos: no le pedía a Preston que volviera. Le pedía que supiera que iba a ser padre. Que había dos corazones.
Cynthia escuchó con las manos quietas.
—Ojalá la hubiera leído entonces.
—La lees ahora —dije—. Y estás en esta cocina. Eso no borra los años. Los acompaña.
Pegamos la ecografía en la primera página. Oliver reconoció las manchas.
—Somos nosotros, pero sin brazos.
—Erais vosotros, con mucha prisa por tenerlos —dijo Emily.
Grace puso la cinta rosa, la misma que había vivido en mi bolso el día del jardín, atravesando la página como un señalador. No tapaba las caras diminutas de la imagen. Las señalaba.