Brielle dio a luz un miércoles, antes de lo que el calendario redondo prometía y dentro de lo que los médicos llaman a tiempo. Me escribió ella, no Preston. Una foto pequeña del bebé, con los ojos cerrados, y una línea: Se llama Samuel. Está bien. Yo estoy bien. Cuando queráis conocerlo, será en mi casa, un rato corto. Sin fiesta.
Fuimos el domingo siguiente, Emily incluida, porque los gemelos no entraban en una casa nueva sin su tía. Samuel era pequeño y serio. Oliver le habló en susurros de camiones. Grace dejó una cinta rosa al borde de la cuna, no encima del niño, porque «los bebés se asustan de los nudos». Brielle lloró una vez, se rió enseguida y nos ofreció agua. Preston estaba allí, en mangas de camisa, aprendiendo a no ocupar el centro. No me pidió que me quedara. Cuando nos íbamos, dijo: