Vanessa recogió sus papeles con manos muy quietas. En la puerta intentó una última frase, dirigida a Preston.
—Cuando la oficina empiece a extrañarme, vas a acordarte de esta prisa.
—La oficina ya está ordenando lo que escondiste —respondió él—. Yo me voy a acordar de otras cosas. De una risa que no debí soltar. De un teléfono que bloqueé. De dos nombres que llegué tarde a pronunciar.
Ella se fue. El asesor la siguió. Nadie corrió detrás. Margaret, en el pasillo, soltó el aire como quien deja un bolso muy pesado.
—¿Se acabó? —me preguntó.
—Se acabó esta parte. Ahora toca vivir un sábado detrás de otro sin convertirlos en examen.
Brielle me tocó el brazo al salir a la calle.
—Mi madre quiere conocerte algún día. Le he dicho que no es el momento. También le he dicho que el bebé va a saber que tiene un hermano y una hermana mayores, y que eso no es una amenaza. Es un mapa. Si algún día quieres que nos sentemos, sin Preston incluso, yo iré.