Oliver consideró la oferta con gravedad.
—Vale. Pero hoy no. Hoy hay plátano.
—Hoy hay plátano —repitió Preston, y se levantó sin insistir.
Cuando se fueron, la casa recuperó su tamaño. Emily fregó tazas que no le tocaban. Yo doblé el dibujo de los tres círculos y lo puse dentro del sobre, junto a la ecografía, para que la verdad vieja y la verdad nueva se tocaran.
El lunes, en el despacho, las cosas fueron menos poéticas y más útiles. El abogado leyó el informe, leyó la constancia de Marta y dejó de mirarme como se mira a una mujer que llega con un cuento. Preston firmó el reconocimiento. Firmó un calendario: un sábado por la tarde, en el parque, dos horas, conmigo presente las primeras veces. Firmó una cantidad mensual que cubría el colegio y el pediatra sin tocar mi derecho a decidir la casa. Yo firmé que no impediría ese tiempo si él lo cumplía. Nadie habló de volver a casarnos. Yo no lo ofrecí. Él no lo pidió. Brielle, que esperó fuera, me dijo al salir que ellos dos iban a vivir separados una temporada.