Vanessa dio un paso hacia mí. Margaret se interpuso, pequeña y firme.
—El sobre no se toca.
—Margaret, estás despedida. Lo estabas desde el día en que desobedeciste.
—Qué alivio —contestó ella—. Llevo cuatro años despedidas por dentro.
Preston sacó el teléfono y marcó el número que aún tenía de la consulta. Puso el altavoz. Saltó un buzón. Dejó un mensaje corto: era el paciente, pedía copia íntegra de su historial de aquella fecha, y pedía que nadie más retirara documentos en su nombre a partir de esa hora. Colgó. Luego miró a su madre.
—Mañana a primera hora estoy en el archivo. Quiero a alguien de la casa que no sea Vanessa. Margaret, si puedes venir, te lo pido. Audrey, no tienes que entrar si no quieres. Basta con que el sobre siga entero.
—Iré —dije—. He pasado cuatro años fuera de las habitaciones donde se decidía mi vida. Esta vez cruzo la puerta.