Margaret sacó la segunda hoja y la puso sobre el escritorio.
Era una copia. Arriba llevaba el sello del hospital donde Preston había ido cinco años atrás, cuando un médico le habló de un tratamiento y la casa entera empezó a usar la palabra paciencia como si fuera un diagnóstico. Yo recordaba aquellas semanas. Recordaba las pastillas en el vaso, las citas a las que él iba solo y las frases cortas al volver: no es nada, no preguntes, ya se arreglará.
La hoja no era un parte de operación. Era una constancia. El paciente Preston había acudido. Se le había propuesto un procedimiento. En la casilla de consentimiento, la firma no estaba. Al pie, una línea impresa decía que el paciente aplazaba la decisión y que no se había realizado intervención alguna ese día. Alguien había escrito al margen, con bolígrafo azul: Archivar según indicación de la oficina. Y un nombre. Vanessa.