Mi padre lo descubrió.
Pero Thomas cometió un error.
—Tú tenías diecisiete años cuando desapareció mi padre.
—Yo no lo maté.
La frase me golpeó.
No había preguntado eso.
Larkin también lo notó.
—¿Quién lo hizo?
Thomas bajó ligeramente el arma.
—No tengo idea.
Por primera vez parecía sincero.
Su padre había muerto cinco años atrás.
Thomas encontró después sus archivos y reactivó parte de la estructura para desviar dinero.
Lejía.
Plásticos.
Facturas infladas.
Empresas inexistentes.
Yo había interpretado algunas compras como algo mucho más oscuro.
En realidad servían para justificar gastos y retirar efectivo.
Seguía siendo criminal.
Pero no era la historia que había imaginado.
—¿Cuánto? —preguntó Larkin.
Thomas se rio.
—¿Eso importa?
—¿Cuánto me robaste?
—Once millones.
Larkin cerró los ojos.
Entonces las puertas se abrieron.
Seguridad.
No la de Larkin.