Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Josephine.
—Mi padre dijo que era una maldición.
—El reverendo aseguró que Dios me había castigado.
—Y Jeremiah…
Su voz se quebró.
—Dijo que prefería casarse con una mula.
Cyrus acercó una silla y se sentó frente a ella.
—Mírame.
Ella obedeció.
—¿Sabes qué veo yo?
Negó lentamente.
—Una mujer que sobrevivió a demasiada crueldad.
Nada más.
Josephine rompió a llorar.
Era la primera vez en veintidós años que alguien veía primero a la persona y no a la marca de su rostro.
Los días siguientes estuvieron llenos de silencios tranquilos.
Josephine limpiaba la cabaña.
Preparaba el pan.
Aprendía a cuidar las trampas y a cortar leña.
Cyrus salía al amanecer para revisar sus líneas de caza y siempre regresaba con algo para compartir.
Nunca levantó la voz.