Desayunamos en la cocina de la casa vieja, que ya no era de Graham en ningún sentido que importara. Victoria había llamado al cerrajero antes del amanecer. El hombre cambió el bombín mientras el café subía, y dejó tres llaves nuevas sobre el hule: una para Elena, una para mí, una para Victoria. Sophie puso la mermelada en un cuenco limpio. Alexander cortó el pan. La enfermera aceptó una taza y luego se fue al taxi, no sin antes dejar el parte médico firmado: Elena podía vivir fuera del hospital si descansaba y si nadie la trasladaba contra su voluntad. El parte se quedó junto al frutero, a la vista.
Había una carta más, llegada al teléfono de Alexander mientras el cerrajero trabajaba. Helen Park escribía sin adornos. El juzgado había recibido los documentos. En una diligencia breve, sin público y sin discursos, el magistrado había ordenado anotar de nuevo las acciones de aquella serie a nombre de Clara Hart y había prohibido usarlas como garantía de deudas ajenas mientras la anotación no estuviera hecha. Hart Development quedaba fuera de cualquier desembolso de Whitmore hasta que una administración distinta, sin Graham, presentara cuentas limpias. No era una venganza. Era una devolución. Alexander me pasó el teléfono y yo lo leí en voz alta, porque Inés tenía razón: lo leído delante de testigos es más difícil de negar después.