No había firma. Alexander bloqueó el número con el pulgar y luego negó.
—No lo bloquees —dije—. Si Elena le pidió a alguien que nos avisara, vamos a necesitar esa frase. Y si fue mi padre, también queremos saber que nos espera.
El mensaje se quedó en la pantalla, brillante. A lo lejos, el coche de Graham doblaba la esquina de la calle del Reloj, despacio, como quien no tiene prisa porque ya cree conocer el destino.
Chapter 5: EL NOMBRE EN LA PULSERA
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Santa Brígida no parecía un sitio donde se esconden las personas. Era una casa blanca de dos pisos, con buganvillas y un letrero discreto, a diez minutos del mar. Llegamos cuando la luz todavía era alta. Alexander conducía. Sophie iba detrás, callada desde la última gasolinera. Yo llevaba la lata vacía en el regazo, el brazalete rojo en la muñeca y la pulsera de papel en el bolso, junto al anillo que seguía sin ponerme.