Mientras yo seguía asistiendo a mis revisiones médicas, él continuaba visitando a su segunda familia.
Sentí náuseas.
Corrí al baño y me senté en el suelo.
No podía dejar de pensar en la noche anterior a nuestra operación.
Daniel me había abrazado durante casi una hora.
Me había dicho que yo era lo mejor que le había ocurrido.
Y yo le había prometido que todo saldría bien.
Ahora comprendía que había entrado al quirófano sin conocer una verdad que podía haber cambiado mi decisión.
No me arrepentía de haber querido salvar una vida.
ME ARREPENTÍA DE HABER CONFIADO MI SALUD A UN HOMBRE QUE ME HABÍA OCULTADO UNA SEGUNDA FAMILIA.
Cuando Daniel llegó aquella noche, yo estaba sentada en el comedor.
La carta permanecía sobre la mesa.
Él dejó las llaves.