Se acercó lentamente.
—Y llevo varias semanas recibiendo quejas sobre tu comportamiento.
Jake perdió el color.
—Señor Mercer, puedo explicarlo.
Daniel señaló a los adolescentes.
—Entonces explícame por qué tienes a quince alumnos aterrorizados de cometer un error.
Nadie habló.
Hasta que un chico levantó tímidamente la mano.
Era Jenkins.
El mismo adolescente al que Jake había humillado minutos antes.
—Señor… a veces nos obliga a entrenar lesionados.
Daniel cerró los ojos.
Una madre comenzó a llorar.
Otra se acercó a su hijo.
Y entonces Sarah habló.
—También nos dice que si nos quejamos somos débiles.
Sentí una punzada en el pecho.
Miré a mi hija.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
Sarah bajó la cabeza.
—Porque quería que estuvieras orgullosa de mí.
Aquellas palabras me rompieron el corazón.
Me arrodillé frente a ella.
—Cariño, nunca necesitas soportar humillaciones para hacerme sentir orgullosa.