Sabía que los médicos habían intentado salvarlos a todos.
Pero mi mente seguía buscando una respuesta imposible.
¿Y si hubiera hablado antes?
¿Y si hubiera pedido otro médico?
¿Y si hubiera dicho algo diferente?
Lo peor era que la madre de Mariana, doña Elena, había dejado de hablarme.
No me abrazó durante el funeral.
No quiso quedarse después del entierro.
Cuando le enviaba fotografías de las gemelas, solamente respondía:
«Gracias».
Nada más.
Durante tres meses pensé que me culpaba por la muerte de su hija.
Y no podía reprochárselo.
Porque yo también me culpaba.
Hasta que un jueves por la tarde sonó el timbre.
Abrí la puerta.
Doña Elena estaba frente a mí.
Llevaba un abrigo oscuro.
Tenía los ojos hinchados.
Y sostenía un sobre entre las manos.
—Daniel —dijo con voz temblorosa—. Tenemos que hablar.