Nuestras hijas sobrevivieron.
Mi esposa no.
Regresé a casa con dos bebés recién nacidas.
Y una bolsa con las pertenencias de Mariana.
Dentro estaba la sudadera gris que llevaba cuando llegamos al hospital.
Todavía olía a su perfume.
La guardé en nuestro armario.
Nunca pude lavarla.
Durante las primeras semanas apenas dormía.
Calentaba biberones.
Cambiaba pañales.
Anotaba cuánto había comido cada niña porque estaba demasiado agotado para recordarlo.
A veces me quedaba de pie frente a sus cunas durante veinte minutos, comprobando que respiraban.
Mi hermana Claudia venía a ayudarme.
Preparaba comida.
Lavaba ropa.
Me obligaba a descansar cuando podía.
Pero yo casi no comía.
Perdí ocho kilos.
Y cada noche, cuando la casa quedaba en silencio, regresaba la misma pregunta.
¿Y si hubiera elegido a Mariana?
Sabía que ella me había pedido salvar a las niñas.