Podía convertirlo en culpa.
O podía convertirlo en una vida llena de recuerdos, ternura y esperanza para nuestras hijas.
Elegí lo segundo.
Porque perder a alguien que amas no significa que tengas que dejar de vivir para demostrar cuánto lo amabas.
A veces, la manera más hermosa de honrar a quien se fue es cuidar la vida que dejó en tus manos.
Y cada vez que escucho a nuestras gemelas reír, recuerdo las últimas palabras que Mariana escribió para mí.
«No fue tu culpa, mi amor. Por favor, vive».