Y discutimos durante semanas sobre los nombres.
—No tienen que llamarse igual solo porque sean gemelas —decía Mariana.
Yo me reía.
—Pero podríamos buscar nombres que combinen.
—Daniel, no vamos a ponerles Ana y Mariana.
—¿Y por qué no?
—Porque después vas a confundirlas.
La mañana del parto todavía estábamos bromeando sobre eso.
Mariana estaba sentada en la cama del hospital.
Me pidió agua.
Después acarició su vientre.
—Creo que una de ellas va a ser muy inquieta.
Sonreí.
—¿Y la otra?
—La otra va a ser igualita a ti.
—Entonces será tranquila.
Mariana soltó una carcajada.
—No, amor. Será terca.
La besé en la frente.
No sabía que sería la última vez que escucharía su risa.
Horas después, todo se convirtió en una pesadilla.
Hubo complicaciones inesperadas.
Los médicos hicieron cuanto pudieron.
Pero Mariana sufrió una hemorragia obstétrica grave que no pudieron controlar.