Cerré los ojos.
La abracé con fuerza.
—Está bien sentir tristeza a veces, mi amor.
Después sonreí.
—Pero también está bien volver a ser feliz.
Aquella noche, cuando las niñas se durmieron, me quedé un momento frente a nuestra fotografía de boda.
Recordé la última decisión que Mariana y yo tomamos juntos.
Durante mucho tiempo creí que aquella decisión había sido la causa de su muerte.
Pero finalmente comprendí algo.
Yo no elegí dejar de amar a mi esposa para salvar a nuestras hijas.
Estuve a su lado mientras los médicos luchaban por salvarlas a las tres.
Y cuando llegó el momento más terrible de nuestras vidas, escuché sus deseos porque la amaba.
No pude controlar lo que ocurrió después.
No pude detener la tragedia.
Pero sí podía decidir qué hacer con el amor que Mariana nos había dejado.