A veces se parecen tanto a su madre que tengo que detenerme un momento para respirar.
Pero ya no huyo de esos recuerdos.
Los abrazo.
Cada noche, antes de dormir, les cuento una historia sobre Mariana.
Les hablo de su sonrisa.
De su risa.
De sus sueños.
De lo mucho que deseaba conocerlas.
Y siempre termino con las mismas palabras:
—Su mamá las amó con todo su corazón.
Una noche, Lucía me preguntó:
—Papá, ¿mamá nos ve desde el cielo?
La abracé.
—No sé exactamente cómo funciona el cielo, mi amor.
Ella me miró con sus grandes ojos.
—¿Pero nos quería?
Sentí un nudo en la garganta.
—Muchísimo.
Valentina se acercó.
—¿Y tú también nos quieres?
Las abracé a las dos.
—Más de lo que las palabras pueden explicar.
Entonces Lucía me dio un beso.
Y dijo:
—No estés triste, papi.