Mi voz se quebró.
—Y te sigo amando.
Respiré profundamente.
—Pero voy a cumplir lo que me pediste.
Miré a Lucía y Valentina.
—Voy a vivir.
Doña Elena se acercó.
Se arrodilló a mi lado.
Y tomó mi mano.
Durante unos minutos permanecimos en silencio.
Después me dijo:
—Mariana estaría orgullosa de ti.
La miré.
—¿Usted cree?
Sonrió entre lágrimas.
—Estoy segura.
En ese momento Lucía soltó una carcajada.
Valentina comenzó a reír también.
Nos volvimos hacia ellas.
Y por primera vez en mucho tiempo, los tres adultos que tanto habíamos llorado por Mariana terminamos sonriendo frente a su tumba.
No porque la hubiéramos olvidado.
Sino porque finalmente estábamos aprendiendo a recordarla sin dejar de vivir.
Hoy mis hijas tienen dos años.
Lucía es curiosa y no deja de hacer preguntas.
Valentina es valiente, inquieta y siempre quiere explorar.