ELEGÍ SALVAR A NUESTRAS GEMELAS Y PERDÍ A MI ESPOSA EN EL PARTO. DURANTE TRES MESES CREÍ QUE MI SUEGRA ME ODIABA… HASTA QUE APARECIÓ EN MI PUERTA CON UNA CARTA Y ME DIJO: «HAY ALGO SOBRE MI HIJA QUE YA NO PUEDO OCULTARTE».

Mi voz se quebró.

—Y te sigo amando.

Respiré profundamente.

—Pero voy a cumplir lo que me pediste.

Miré a Lucía y Valentina.

—Voy a vivir.

Doña Elena se acercó.

Se arrodilló a mi lado.

Y tomó mi mano.

Durante unos minutos permanecimos en silencio.

Después me dijo:

—Mariana estaría orgullosa de ti.

La miré.

—¿Usted cree?

Sonrió entre lágrimas.

—Estoy segura.

En ese momento Lucía soltó una carcajada.

Valentina comenzó a reír también.

Nos volvimos hacia ellas.

Y por primera vez en mucho tiempo, los tres adultos que tanto habíamos llorado por Mariana terminamos sonriendo frente a su tumba.

No porque la hubiéramos olvidado.

Sino porque finalmente estábamos aprendiendo a recordarla sin dejar de vivir.

Hoy mis hijas tienen dos años.

Lucía es curiosa y no deja de hacer preguntas.

Valentina es valiente, inquieta y siempre quiere explorar.

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