ELEGÍ SALVAR A NUESTRAS GEMELAS Y PERDÍ A MI ESPOSA EN EL PARTO. DURANTE TRES MESES CREÍ QUE MI SUEGRA ME ODIABA… HASTA QUE APARECIÓ EN MI PUERTA CON UNA CARTA Y ME DIJO: «HAY ALGO SOBRE MI HIJA QUE YA NO PUEDO OCULTARTE».

Me arrodillé frente a la lápida.

Durante mucho tiempo no dije nada.

Después saqué del bolsillo una copia de la carta.

—Hola, amor.

Mi voz tembló.

—No sé si puedes escucharme.

Miré a nuestras hijas.

Lucía estaba jugando con una flor de tela.

Valentina intentaba quitarle un juguete.

Sonreí.

—Las niñas están bien.

Respiré profundamente.

—Lucía ya intenta ponerse de pie. Y Valentina se ríe cuando escucha música.

Una lágrima rodó por mi mejilla.

—Son maravillosas, Mariana.

Me quedé callado.

Después dije algo que llevaba un año intentando pronunciar.

—Perdóname por haber pensado que tenía que elegir entre amarte y amar a nuestras hijas.

Miré la lápida.

—Ahora entiendo que nunca fue así.

El viento movió suavemente los girasoles.

—Te amé cuando estabas conmigo.

—Te amé cuando nos enteramos de que seríamos padres.

—Te amé en aquel hospital.

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