A permitir que mi hermana preparara la cena sin sentir que estaba fallando como padre.
Y, poco a poco, comencé a recuperar la vida.
Cuando las gemelas cumplieron seis meses, organizamos una pequeña reunión.
No quería una fiesta enorme.
Solo invité a Claudia, a doña Elena y a algunos amigos cercanos.
Decoramos la sala con globos amarillos.
Colocamos dos pequeños pasteles.
Uno decía:
LUCÍA — NUESTRA LUZ.
El otro:
VALENTINA — NUESTRA VALENTÍA.
Cuando doña Elena los vio, comenzó a llorar.
—Esos eran los nombres que Mariana quería.
Asentí.
—Sí.
Mi suegra me abrazó.
—Le habría encantado esta fiesta.
Miré a mis hijas.
Lucía intentaba agarrar un globo.
Valentina se reía cada vez que Claudia hacía una cara graciosa.
Y por primera vez pude imaginar un futuro sin sentir que estaba traicionando a mi esposa.
Aquella noche, después de que todos se marcharon, llevé a las niñas a su habitación.