ELEGÍ SALVAR A NUESTRAS GEMELAS Y PERDÍ A MI ESPOSA EN EL PARTO. DURANTE TRES MESES CREÍ QUE MI SUEGRA ME ODIABA… HASTA QUE APARECIÓ EN MI PUERTA CON UNA CARTA Y ME DIJO: «HAY ALGO SOBRE MI HIJA QUE YA NO PUEDO OCULTARTE».

Y cuando llegó la hora de dormir, se sentó junto a sus cunas.

Les cantó la misma canción de cuna que le cantaba a Mariana cuando era pequeña.

Yo escuchaba desde la puerta.

Y lloré en silencio.

Pero por primera vez, aquellas lágrimas no estaban llenas solamente de culpa.

También había algo parecido a la paz.
CAPÍTULO 5: LAS DOS PROMESAS QUE LE HICE A MARIANA

Los meses siguientes no fueron fáciles.

El dolor no desapareció de repente.

Seguía despertando algunas noches buscando a Mariana junto a mí.

A veces encontraba una prenda suya y tenía que sentarme porque me faltaba el aire.

Había días en los que escuchar una canción era suficiente para hacerme llorar.

Pero algo había cambiado.

Ya no estaba completamente solo.

Doña Elena comenzó a visitarnos tres veces por semana.

Mi hermana Claudia seguía ayudándonos.

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