Si pudiera regresar a aquel momento, volvería a tomar su mano.
Volvería a llevarla al centro de la pista.
Y volvería a decir frente a todos:
—Esta es mi abuela Doris. La mujer que me crió, me protegió y me enseñó todo lo que realmente importa.
Porque aquella noche no fui el muchacho que llegó a su graduación sin una pareja de su edad.
Fui el muchacho más afortunado del salón.