—Daniel, la vieja todavía funciona.
Sonreí.
—Lo sé.
—Entonces no necesitamos otra.
Le tomé la mano.
—Abuela, déjame cumplir una promesa más.
Finalmente aceptó.
Pero insistió en elegir algo sencillo.
Siempre había sido así.
Nunca necesitaba demasiado para ser feliz.
Un año después, cuando cumplí veintitrés, pude ayudarla a jubilarse definitivamente.
Su tratamiento había mejorado su movilidad, aunque todavía tenía días difíciles.
Ahora pasaba las mañanas cuidando su pequeño jardín.
Leía novelas.
Y algunas tardes visitaba la escuela para participar en actividades del Premio Doris Parker.
Cada año, cuando entregaban aquel reconocimiento, me enviaba una fotografía.
Siempre aparecía sonriendo junto al estudiante ganador.
Y siempre me escribía lo mismo:
«Mira, Danny. Hay muchos jóvenes buenos en este mundo».
Pero la fotografía que más atesoro no es la de mi graduación universitaria.