Era una imagen antigua de mi madre.
Rebecca tenía veintidós años.
Sonreía frente a una cámara.
Mi abuela sostuvo la fotografía mirando hacia el mar.
—Tu mamá siempre quiso venir aquí —susurró.
Sentí que el corazón se me oprimía.
—¿De verdad?
Doris asintió.
—Decía que algún día nos llevaría a todos a conocer el océano.
Miró la fotografía.
—No pudo hacerlo.
Después me miró a mí.
—Pero tú cumpliste su sueño.
Comencé a llorar.
Mi abuela me abrazó.
Y aquella mañana, frente al océano, sentí que mi madre estaba un poco más cerca de nosotros.
Durante el viaje tomamos fotografías.
Comimos helado.
Visitamos un pequeño muelle.
Y cada noche nos sentábamos a escuchar las olas.
No necesitábamos nada más.
Cuando regresamos a Ohio, faltaban pocas semanas para que yo comenzara la universidad.