Karen abrió la boca.
Pero antes de que pudiera responder, papá se puso de pie.
—Dime que no lo hiciste.
Ella no lo miró.
Y aquel silencio fue suficiente para que él comenzara a comprender que tal vez había expulsado a su hija de casa por una mentira.
Unos minutos después, una enfermera se acercó con una bolsa transparente.
Dentro estaban mis pertenencias: la mochila, la libreta de matemáticas y los zapatos empapados que los paramédicos habían retirado.
—Esto venía con la paciente —explicó—. El personal encontró algo dentro de la mochila que quizá deban revisar.
Papá se acercó.
—¿Qué cosa?
La enfermera sacó una hoja doblada que estaba entre las páginas de mi cuaderno.
Era una nota escrita a mano.
La letra era mía.
Decía:
«Papá, por favor, cuando leas esto, escúchame antes de enfadarte. No sé qué está pasando con esos medicamentos, pero tengo miedo. Hace dos días vi una receta con mi nombre y no entiendo por qué alguien está utilizando mis datos. Intenté preguntarte, pero no quisiste escucharme».