Una pelota roja.
Una niña riendo.
Un perro negro corriendo detrás de ella.
Y una voz masculina que decía:
«No te preocupes, Bella. Orion siempre te encontrará».
Me aparté lentamente.
—Alexander…
Él se acercó.
—¿Qué sucede?
—Recuerdo esa frase.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Yo la decía.
Orion comenzó a
PARTE5
mover la cola.
Y por primera vez en diecisiete años, el perro ladró de una manera alegre, casi infantil.
Había encontrado a su niña.
Pero nuestra historia estaba lejos de terminar.
Porque aquella misma tarde, mientras revisábamos los documentos de mi infancia, encontramos algo que ninguno de los dos esperaba.
Una fotografía tomada pocos días después de mi desaparición.
En ella aparecía mi madre adoptiva, junto a un hombre que yo no conocía.
Alexander tomó la imagen.
Su rostro perdió todo el color.